Saben que a mi me causa risa el proceso de beatificación de Monseñor Romero, quien extraoficialmente es considerado santo por miles de personas, aún con las reticencias y objeciones del Vaticano. Uno se pregunta por qué tanta vuelta para un asunto tan obvio.Monseñor Romero reúne los requisitos para ser canonizado, pero una difusa aura sobre su imagen no le gusta a las autoridades del Vaticano, y es aquello que la izquierda salvadoreña y ahora, latinoamericana se han apropiado de su imagen. Parece que es el santo de la izquierda, de los obreros, del proletariado.
Uno que no es creyente de ninguna religión sabe bien que las dos vías que se plantea el Vaticano para la canonización es un cuento chino. Una es que monseñor haga milagros, y la otra, que se demuestre que fue mártir de la fe, es decir, que haya muerto por defender el catolicismo.
Como dije, esos son cuentos, porque al final de lo que se trata es de conveniencias estratégicas y nada de fe. Los santos aparecen donde son necesarios, igual que las vírgenes y, por el momento, Romero no es estratégicamente necesario para la fe católica.
Pienso que aún cuando haya gente que jure que le hizo un milagro (y digamos, que fuera bastante creíble, porque para mi los milagros no son más que sugestión mental), el Vaticano continuaría dudando hasta que la imagen de cura comunista se desvanezca.
Luego, la otra vía: mártir de la fe. Esta es más fácil. A Romero lo mataron por la misma razón que mataron a Jesús: era un estorbo para el sistema, un ente perturbador que tenía la posibilidad de levantar las masas en contra del poder. Por supuesto, ninguno expresó que esa fuera su intención, es más, hablaban de un reino de fantasía fuera de toda lógica racional, pero al poder siempre le han asustando las masas.
Por eso, en este aniversario XXXI (sí, en números romanos) creo que Romero sí es una verdadero ícono de fe para muchas personas, aún cuando la izquierda se haya apropiado de su imagen y la derecha lo siga considerando un cura comunista. El Vaticano quizá querrá esperar unos 300 años, hasta que esa aura difusa se termine de disipar.
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