Parece que el fanatismo homofóbico del Arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, se está desbordando y no hay nadie que le diga que se está pasando de los límites que una sociedad laica le otorga a los religiosos para ejercer su trabajo. Ahora está de estratega político, aconsejando a los partidos cómo doblarle la mano a la izquierda para conseguir la aprobación de la prohibición constitucional de los matrimonios homosexuales en el país.
¿No hay nadie que regañe a un arzobispo? En su reciente homilía sugirió que la derecha en la Asamblea Legislativa debería usar sus votos para los préstamos internacionales y el presupuesto nacional como moneda de cambio a fin de que el FMLN dé sus votos para la reforma constitucional.
Se podría esperar de cualquiera estas “sugerencias”, pero no de un religioso, del líder de la iglesia católica salvadoreña. El está anteponiendo intereses particulares al interés nacional. ¿Qué pasaría si los partidos hacen caso de sus comentarios y entrampan el presupuesto y los préstamos en la Asamblea? ¿Estaría el arzobispo dispuesto en aceptar responsabilidades si los hospitales comienzan a quedar sin medicina, si muere gente por la falta de una cirugía. Que una comunidad quede desprotegida porque no se le pagan salarios a los policías?
Es increíblemente irresponsable la posición de este religioso, que únicamente revela su odio hacia la comunidad homosexual del país y no duda en inventarse fórmulas descabelladas para obtener lo que quiere.
Analizando la historia de nuestro país, la iglesia ha tenido mucha culpa en los problemas sociales en los que hoy no encontramos. Y no es por el hecho de que tengan sus posiciones bien definidas con respecto a la homosexualidad, la planificación familiar, el celibato, etc., sino, por el hecho de inmiscuirse en los asuntos puramente de salud pública y de derechos humanos y tener incidencia en ellos.
La iglesia ha sido capaz de cambiar leyes o visiones de los asuntos relevantes de una sociedad, pero las consecuencias siempre han sido un fracaso, porque nunca la visiones religiosas en un país llevan al progreso, sino al fundamentalismo y al retraso social: habría menos mareros si en los años anteriores hubiese habido una verdadera campaña informativa sobre la planificación familiar, y los métodos estuvieran al alcance de todos. Por supuesto, hablar de sexo es pecado.
Esos muchachos rechazados por sus padres, son lo que ahora nos atormentan. ¿Aceptará monseñor alguna culpa en ello? ¿Qué hace la iglesia al respecto? Nada, no hace nada, sólo aconsejar a los políticos chantajear con el presupuesto nacional al nuevo gobierno y poner en riesgo los planes de combate a la criminalidad, todo porque al arzobispo se le ha metido entre ceja y ceja que la Constitución de la República debe de ajustarse a lo qué él cree es bueno o correcto.
El Salvador quizá sea uno de los países más conservadores e intolerantes que existe, por eso surge este blog, que pretende ser la voz de aquellos que siempre han estados excluídos y estigmatizados dentro de esta sociedad.
martes, 15 de septiembre de 2009
domingo, 6 de septiembre de 2009
Ojalá maten a todos los mareros
Esa es la opinión de la mayoría de salvadoreños cuando se les pregunta acerca de este fenómeno social que desgarra nuestra sociedad, pero el punto de vista puede cambiar después de mirar el documental del fallecido periodista Cristian Poveda, titulado La vida loca, que retrata la existencia de un grupo de pandilleros de la colonia La Campanera de Soyapango, San Salvador.
Pienso que este documento fílmico debería ser obligatorio para todas las autoridades locales y para las diferentes organizaciones sociales, políticas y empresariales nacionales, además, de proyectarse gratuitamente en todos los cines del país.
El documental deja muchas cosas para la reflexión, una de ellas, es que la represión injustificada del Estado (como la Mano Dura de los dos gobiernos anteriores) tiene un efecto contrario al que se desea, y es que las pandillas lejos de diezmarlas, se fortalecen ante un enemigo con mucho poder y recursos como es la policía.
Otro de los descubrimientos aterradores del documental, es que en el fenómeno de las pandillas subyace un substrato ideológico: los jóvenes tienen lavado el cerebro, son fanáticos no distintos a aquellos terroristas dispuestos a colgarse bombas en el cuerpo. Creo que se encuentran en ese límite. No les importa el yo, sino lo que ordena el líder.
Se observa además, que ese grupo vive en un “ghetto”, donde la única opción que les queda es unirse a la pandilla. No existe alternativa, es un mundo horrible sin oportunidades de nada, sin opciones de nada, donde el poder de la familia es muy débil ante la presión de grupo, la presión de los líderes de las pandillas.
Por supuesto, la desintegración familiar es uno de los problemas fundamentales del fenómeno: no se ven padres de familia con hijos pandilleros, sólo sus madres, que marchan como abnegadas Marías detrás del suplicio de Jesús.
Pero aún con este cuadro tan desolador, el documental deja ver alguna esperanza: no todos quieren estar dentro de la pandilla, no todos son violentos, no todos son borregos. Existe la oportunidad de la rehabilitación, sólo se necesita creatividad y ganas genuinas de sacar a este gente del hoyo en el que se encuentran.
A mi juicio, si el gobierno en verdad quiere ayudar a disminuir este fenómeno, debe primero comenzar con la plata. Me acuerdo que cuando el país estaba en guerra, un gran porcentaje del presupuesto nacional se iba para la defensa nacional. Creo que esta es una guerra abierta en la que el Estado debe de dar prioridad a la seguridad nacional.
Se debe de llegar a los lugares y darles oportunidades reales de superación a los pandilleros y por el otro lado, neutralizar a sus líderes, que son los "mulah", los que envenenan a los jóvenes con la ideología de la violencia. Esta gente debe ser apartada.
El trabajo de sicología es decisivo: nunca antes creo, este gremio tuvo tanta importancia en nuestra sociedad como ahora: deben de cambiar mentalidades, de reprogramar cerebros. Muchos jóvenes sólo quieren que los escuchen y una alternativa para desarrollarse. Y como sostuve en mi opinión anterior, la creación de correccionales, con disciplina militar para los jóvenes menores rebeldes.
Creo que el mérito de Cristian Poveda con su documental, es que nos abre los ojos, porque la mayoría de salvadoreños hemos estado vendados por el odio, encerrados en la seguridad de nuestras amuralladas casas, y nos dice que este problema nunca se resolverá si no lo vemos, si no lo entendemos, si no nos ponemos en los zapatos de esta gente, de estos jóvenes que tuvieron la desgracia de nacer en esos “ghettos”, donde la vida no te promete nada, donde la única forma de entenderla es viviéndola de forma loca.
Pienso que este documento fílmico debería ser obligatorio para todas las autoridades locales y para las diferentes organizaciones sociales, políticas y empresariales nacionales, además, de proyectarse gratuitamente en todos los cines del país.
El documental deja muchas cosas para la reflexión, una de ellas, es que la represión injustificada del Estado (como la Mano Dura de los dos gobiernos anteriores) tiene un efecto contrario al que se desea, y es que las pandillas lejos de diezmarlas, se fortalecen ante un enemigo con mucho poder y recursos como es la policía.
Otro de los descubrimientos aterradores del documental, es que en el fenómeno de las pandillas subyace un substrato ideológico: los jóvenes tienen lavado el cerebro, son fanáticos no distintos a aquellos terroristas dispuestos a colgarse bombas en el cuerpo. Creo que se encuentran en ese límite. No les importa el yo, sino lo que ordena el líder.
Se observa además, que ese grupo vive en un “ghetto”, donde la única opción que les queda es unirse a la pandilla. No existe alternativa, es un mundo horrible sin oportunidades de nada, sin opciones de nada, donde el poder de la familia es muy débil ante la presión de grupo, la presión de los líderes de las pandillas.
Por supuesto, la desintegración familiar es uno de los problemas fundamentales del fenómeno: no se ven padres de familia con hijos pandilleros, sólo sus madres, que marchan como abnegadas Marías detrás del suplicio de Jesús.
Pero aún con este cuadro tan desolador, el documental deja ver alguna esperanza: no todos quieren estar dentro de la pandilla, no todos son violentos, no todos son borregos. Existe la oportunidad de la rehabilitación, sólo se necesita creatividad y ganas genuinas de sacar a este gente del hoyo en el que se encuentran.
A mi juicio, si el gobierno en verdad quiere ayudar a disminuir este fenómeno, debe primero comenzar con la plata. Me acuerdo que cuando el país estaba en guerra, un gran porcentaje del presupuesto nacional se iba para la defensa nacional. Creo que esta es una guerra abierta en la que el Estado debe de dar prioridad a la seguridad nacional.
Se debe de llegar a los lugares y darles oportunidades reales de superación a los pandilleros y por el otro lado, neutralizar a sus líderes, que son los "mulah", los que envenenan a los jóvenes con la ideología de la violencia. Esta gente debe ser apartada.
El trabajo de sicología es decisivo: nunca antes creo, este gremio tuvo tanta importancia en nuestra sociedad como ahora: deben de cambiar mentalidades, de reprogramar cerebros. Muchos jóvenes sólo quieren que los escuchen y una alternativa para desarrollarse. Y como sostuve en mi opinión anterior, la creación de correccionales, con disciplina militar para los jóvenes menores rebeldes.
Creo que el mérito de Cristian Poveda con su documental, es que nos abre los ojos, porque la mayoría de salvadoreños hemos estado vendados por el odio, encerrados en la seguridad de nuestras amuralladas casas, y nos dice que este problema nunca se resolverá si no lo vemos, si no lo entendemos, si no nos ponemos en los zapatos de esta gente, de estos jóvenes que tuvieron la desgracia de nacer en esos “ghettos”, donde la vida no te promete nada, donde la única forma de entenderla es viviéndola de forma loca.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Lo que los mareros necesitan es un tata
Las pandillas juveniles o maras, son un problema que al parecer, se ha salido del control de las autoridades desde hace años. Ningún gobierno ha podido dar con la solución, porque a mi juicio, nunca se ha atinado en explicar su origen. Pienso que si ahora estamos en estas tribulaciones, la culpa la han tenido los pasados gobiernos, ellos son los responsables.
En los gobiernos de Cristiani y Calderón Sol, nunca se dimensionó sobre la capacidad de estos grupos de aterrorizar, de someter a la sociedad a la zozobra. Estos gobiernos fueron pasivos y permisivos. Los otros dos gobiernos, también erraron en sus estrategias de seguridad pública y cedieron al populismo irresponsable con leyes represivas que ahora sabemos, no funcionaron para nada.
La constante en estos años anteriores, ha sido la falta de enfoque. Si no se entiende bien cuál es el origen del problema, nunca se podrá combatir de forma efectiva. La izquierda salvadoreña siempre ha tenido su propia hipótesis: la pobreza y falta de oportunidades. Falso.
Ojalá el gobierno del presidente Funes no se guíe sobre estas premisas para combatir las maras. Sabemos que la izquierda siempre ha tenido una forma particular de enfocar los problemas sociales, que en la vida real no funciona, porque tienen elementos populistas y revanchistas. Eso lo estamos viendo ahora con la oposición a la construcción de la represa de El Chaparral. Las críticas no son realistas, no tienen visión a largo plazo.
Sobre las maras, la pobreza no explica el fenómeno, porque antes de la guerra, el país era pobre y no existían estos grupos. Tampoco había las oportunidades que ahora se señalan y sin embargo, no habían maras. ¿Entonces, qué es lo diferente antes de la guerra y después de la guerra que propiciaron el aparecimiento de estos terroristas sociales?
Los viejitos dicen que antes te cortaban la mano si robabas. No creo que la represión sea la respuesta como mucha gente cree y de esta forma reclamar leyes más duras. Ya Francisco Flores y Antonio Saca lo hicieron y no funcionó. Entonces, tampoco la falta de represión explica el fenómeno.
La diferencia entre antes y después, es la unidad de la familia, pero en última instancia, es la disciplina. No es casualidad que la mayoría de mareros sólo tienen mamá y no padres. Los progenitores han muerto, se han ido del país o simplemente, como es usual en este país, nunca se hicieron responsables de sus desenfrenos sexuales. El machismo tiene mucha culpa.
Es la ausencia de esa figura de autoridad la que provoca que los menores vean a los mareros mayores como modelos alternativos, que los vean como héroes y que quieran ser como ellos. Los niños siempre tienen sus héroes a su edad y son papá y mamá, pero cuando se entra en la pubertad, la figura masculina es indispensable para formar el carácter. O por lo menos, una figura de respeto.
Es la ausencia de ese algo a qué temerle y respetar es lo que provoca que los menores se agrupen y sigan a un líder. Esa pequeña observación, reparo o singularidad del fenómeno, es que los gobiernos anteriores han ignorado o pasado por algo, ya sea por descuido o por falta de creatividad de cómo solventarlo.
Si se quitara del problema tanta teoría seudosocial, como pobreza y falta de oportunidades o leyes más duras, creo que se iría aterrizando en la solución: disciplina. Sí señores, es la falta de disciplina lo que ha producido este fenómeno, los menores no tienen nociones de qué es respeto, qué es responsabilidad, o por lo menos, tienen esos sentimientos hacia figuras equivocadas, que les enseñarán cómo ser leal al grupo, matando al vecino, defendiendo el barrio.
El Estado en la actualidad tiene la capacidad instalada para comenzar a aplicar la nueva política de seguridad nacional: los cuarteles. Sí señores, es la disciplina militar que estos rebeldes necesitan. Toda madre que esté sola (como decía Saca) y sienta que no puede educar a su hijo menor, debería tener la oportunidad de enviarlo al reformatorio, donde se le quebrará la rebeldía y se le enseñarán disciplina y obediencia. Sí, algo así como el experimento de Pavlov.
Esos mareros que hoy tienen 17 años, hace cinco tenía 12. Si a esa edad se les hubiese sacado de ese ambiente y disciplinado, creo que ahora serían buenos hijos y buenos estudiantes, no asesinos.
Ahora pienso que el principal problema del país es la seguridad pública y no la pobreza o el desempleo. A la gente le gusta mirar plata en sus manos en poco tiempo y presionan al gobierno en ese sentido, pero a largo plazo, la tranquilidad ciudadana sienta las posibilidades de mayor inversión y la creación de nuevos negocios.
Por eso, el presidente Funes debe tener la visión de comenzar a combatir de forma efectiva este problema, que creo, es la madre de todos los problemas en El Salvador.
En los gobiernos de Cristiani y Calderón Sol, nunca se dimensionó sobre la capacidad de estos grupos de aterrorizar, de someter a la sociedad a la zozobra. Estos gobiernos fueron pasivos y permisivos. Los otros dos gobiernos, también erraron en sus estrategias de seguridad pública y cedieron al populismo irresponsable con leyes represivas que ahora sabemos, no funcionaron para nada.
La constante en estos años anteriores, ha sido la falta de enfoque. Si no se entiende bien cuál es el origen del problema, nunca se podrá combatir de forma efectiva. La izquierda salvadoreña siempre ha tenido su propia hipótesis: la pobreza y falta de oportunidades. Falso.
Ojalá el gobierno del presidente Funes no se guíe sobre estas premisas para combatir las maras. Sabemos que la izquierda siempre ha tenido una forma particular de enfocar los problemas sociales, que en la vida real no funciona, porque tienen elementos populistas y revanchistas. Eso lo estamos viendo ahora con la oposición a la construcción de la represa de El Chaparral. Las críticas no son realistas, no tienen visión a largo plazo.
Sobre las maras, la pobreza no explica el fenómeno, porque antes de la guerra, el país era pobre y no existían estos grupos. Tampoco había las oportunidades que ahora se señalan y sin embargo, no habían maras. ¿Entonces, qué es lo diferente antes de la guerra y después de la guerra que propiciaron el aparecimiento de estos terroristas sociales?
Los viejitos dicen que antes te cortaban la mano si robabas. No creo que la represión sea la respuesta como mucha gente cree y de esta forma reclamar leyes más duras. Ya Francisco Flores y Antonio Saca lo hicieron y no funcionó. Entonces, tampoco la falta de represión explica el fenómeno.
La diferencia entre antes y después, es la unidad de la familia, pero en última instancia, es la disciplina. No es casualidad que la mayoría de mareros sólo tienen mamá y no padres. Los progenitores han muerto, se han ido del país o simplemente, como es usual en este país, nunca se hicieron responsables de sus desenfrenos sexuales. El machismo tiene mucha culpa.
Es la ausencia de esa figura de autoridad la que provoca que los menores vean a los mareros mayores como modelos alternativos, que los vean como héroes y que quieran ser como ellos. Los niños siempre tienen sus héroes a su edad y son papá y mamá, pero cuando se entra en la pubertad, la figura masculina es indispensable para formar el carácter. O por lo menos, una figura de respeto.
Es la ausencia de ese algo a qué temerle y respetar es lo que provoca que los menores se agrupen y sigan a un líder. Esa pequeña observación, reparo o singularidad del fenómeno, es que los gobiernos anteriores han ignorado o pasado por algo, ya sea por descuido o por falta de creatividad de cómo solventarlo.
Si se quitara del problema tanta teoría seudosocial, como pobreza y falta de oportunidades o leyes más duras, creo que se iría aterrizando en la solución: disciplina. Sí señores, es la falta de disciplina lo que ha producido este fenómeno, los menores no tienen nociones de qué es respeto, qué es responsabilidad, o por lo menos, tienen esos sentimientos hacia figuras equivocadas, que les enseñarán cómo ser leal al grupo, matando al vecino, defendiendo el barrio.
El Estado en la actualidad tiene la capacidad instalada para comenzar a aplicar la nueva política de seguridad nacional: los cuarteles. Sí señores, es la disciplina militar que estos rebeldes necesitan. Toda madre que esté sola (como decía Saca) y sienta que no puede educar a su hijo menor, debería tener la oportunidad de enviarlo al reformatorio, donde se le quebrará la rebeldía y se le enseñarán disciplina y obediencia. Sí, algo así como el experimento de Pavlov.
Esos mareros que hoy tienen 17 años, hace cinco tenía 12. Si a esa edad se les hubiese sacado de ese ambiente y disciplinado, creo que ahora serían buenos hijos y buenos estudiantes, no asesinos.
Ahora pienso que el principal problema del país es la seguridad pública y no la pobreza o el desempleo. A la gente le gusta mirar plata en sus manos en poco tiempo y presionan al gobierno en ese sentido, pero a largo plazo, la tranquilidad ciudadana sienta las posibilidades de mayor inversión y la creación de nuevos negocios.
Por eso, el presidente Funes debe tener la visión de comenzar a combatir de forma efectiva este problema, que creo, es la madre de todos los problemas en El Salvador.
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